Los capítulos de mi novela

Mori Ponsowy

(1.1.)

 

Era de mañana cuando sonó el teléfono. Pensé que debía ser una mala noticia, pero en seguida me di cuenta de que ya nadie podía darme malas noticias. La vida se había encargado de bendecirme con mi cuota y, a mi vez, yo me había encargado de vivir de modo tal de no crear nuevas posibilidades para que ocurrieran. Huir del contacto social tiene esa ventaja: nos hace inmunes al dolor, no porque seamos incapaces de sentirlo, sino porque elimina las grandes causas de aquel dolor. 

 

-¿Lulú?

 

De inmediato supe quién me llamaba. Conocía esa voz y no hubiera podido olvidarla aunque quisiera.

 

-¿Sí?

 

¿Qué otra cosa podía hacer como no fuera simular que no la reconocía? Quizás podría haber cortado y no volver a atender. Pero entonces no estaría contando esta historia. 

 

-Soy Azucena.

 

-Azucena –respondí.

 

En cuanto lo dije me di cuenta de que faltaban los signos de interrogación. “¿Azucena?” hubiera sido mejor: como si su nombre no me dijera nada; como si no me recordara nada en absoluto. Pero nunca fui buena improvisando. 

 

-Necesito hablar contigo –dijo, y titubeó un instante. –No hay nadie más que me pueda ayudar. 

 

Hizo un silencio, como esperando a que yo le diera permiso para seguir. En otra época, yo le habría dicho que no tenía nada que hablar con ella, pero ya había pasado el tiempo, y la curiosidad fue más fuerte que el recuerdo del dolor que sentí cuando todavía era capaz de amar. 

 

-¿Podemos vernos? –dijo.

 

Quizás otra persona habría respondido que no. ¿Qué podía interesarme lo que la mujer por la que me dejó Valdi tuviera que decirme tantos años después? Quizás, a pesar del tiempo transcurrido, yo debería haber contestado de otra manera, pero percibí en su voz algo desesperado y acepté verla casi sin pensarlo. Después de todo, Valdi era un capítulo de mi pasado. Había construido mi vida como una casa cuyas ventanas dan todas al mar: dándole la espalda a lo que no quería ver. ¿Cómo resistir a la llamada de quien viene a contar lo que hay del otro lado, ahí donde no da ninguna ventana? No se trataba de explorar ese territorio. Se trataba, simplemente, de escuchar lo que ella tuviera para decir. Sin involucrarme. Sin dejar la comodidad de mi vida mirando el mar. 






 

Cuando lo conocí, los dos trabajábamos en Leo Burnett. Yo había entrado a la agencia como Redactora Junior y él, que llevaba ahí tres años, acababa de ser ascendido a Director Creativo. Lo que a otras personas les llevaba siete u ocho años, él lo había logrado en apenas tres. Se decía que Valdi también pintaba, actuaba y que tocaba el piano y el violín. Solía citar de memoria frases de Cicerón, Shakespeare, Quevedo y, sobre todo, de Borges. Tuvo que pasar un tiempo antes de que yo empezara a preguntarme si las citas eran verdaderas o si las inventaba en el momento. ¿Qué no habría dado a cambio de tener una décima parte de su espontaneidad, su talento, su desenfado? Valdi siempre llegaba a trabajar después del mediodía; faltaba a las reuniones; se ausentaba durante días de la agencia sin dar explicación. Nadie sabía dónde estaba. Aunque algunos directores de cuenta no le tenían simpatía, no podían despedirlo porque los clientes lo querían a él frente a sus campañas. Cuando volvía a la agencia lo hacía como si nunca se hubiera ausentado y con cara de tan pocos amigos que nadie se atrevía a reclamarle nada. 

 

-Uno por uno. No me hablen todos juntos porque me aturden.

 

La presentación a un cliente era esa misma tarde. Todo lo que le mostraban le parecía trillado. 

 

-Con esto no vamos a ganar la licitación –decía. -¡No puedo faltar ni un solo día! ¿Por qué no se dedican a otra cosa?

 

Ojeaba algo de información sobre el producto, se ponía a escribir y en unas horas tenía diseñada una gran campaña. 

 

Nunca se le habría ocurrido trabajar en publicidad si no fuera porque en una obra de teatro en la que actuaba su contrafigura femenina era publicista. Para impresionarla, Valdi le había dado a leer un cuento que había escrito en un estilo que emulaba a Borges y ella, que sabía que él necesitaba trabajo, le preguntó por qué no probaba suerte como redactor en Burnett. Ella misma se encargó de entregar los textos a Roberto Tumaschev, el Director Creativo de la agencia. Días después, le dijo a Valdi que Tumaschev estaba dispuesto a entrevistarlo. 

 

Después de varios intentos infructuosos de hablar con él por teléfono para concertar una cita, Valdi fue dos días seguidos a la agencia. La recepcionista le decía siempre lo mismo: “Está en una reunión.” Al tercer día, Valdi se presentó en la recepción de Leo Burnett con La Divina Comedia entre las manos.

 

-Ya sé que el señor Tumaschev está en una reunión -dijo. -Pero yo me voy a sentar aquí y voy a leer- cuatro veces si es preciso- el infierno de Dante, hasta que él me reciba. 

 

La recepcionista, "cuya gordura desbordaba el perímetro de la silla", según contaría Valdi años después, le contestó que podría hacerse de noche antes de que el señor Tumaschev lo recibiera. 

 

-Puedo esperar –respondió él. –No tengo ningún otro lugar a donde ir. 

 

Valdi abrió el capítulo del infierno, esperando que ese mismo día terminara el suyo. Acababa de cumplir veintiún años y el dinero que tenía no le alcanzaba ni para una comida. 

 

Tumaschev se presentó en la recepción casi siete horas más tarde. Valdi cerró La Divina Comedia y se apuró a interceptarlo antes de que entrara al ascensor. 

 

-Señor Roberto: estoy desesperado. No tengo dónde dormir. Necesito trabajo. Si no lo consigo hoy, me voy a suicidar -dijo, y agregó: -Pero antes escribiré una carta dejando constancia de que usted es el único responsable.

 

Según Valdi, esas eran las palabras textuales que había dicho. Nadie nunca lo desmintió.

 

Tumaschev pasó la mano a lo largo de su corbata y, mirando a ese joven que parecía no haberse cambiado de ropa en mucho tiempo, sacó de un bolsillo de su saco las hojas donde estaban impresos los cuentos de Valdi. 

 

-¿Te crees capaz de combinar este tipo de escritura con la frivolidad necesaria para vender detergentes? 

 

-¡Sí, señor! Basta con que me contrate. Lo demás ya sabré demostrárselo en las primeras semanas.

 

-¿Puedes empezar el lunes?

 

-¡Ahora mismo, si quiere!- dijo Valdi y, casi saltándole encima, lo abrazó y le estampó un beso en cada mejilla. 

 

Sus inicios fueron glamorosos. Cuando entré a trabajar en Burnett sus peripecias ya eran leyenda. Aprendió el oficio y la jerga publicitaria como si los llevara en la sangre. Los eslóganes que proponía eran un éxito que se reflejaba en el market share de los productos y en el profit de la agencia. Sus campañas creaban en el target un gran awareness. Sus comerciales tenían punch y togetherness y ganaban premios en el New York Festival. En las encuestas, sus ideas lograban un alto recall y top of mind. Los consumidores las aceptaban con alegría sin saber que la gente de investigación de mercado los observaba a través del glass cage. Los store audits constataban los resultados. 

 

Así se hablaba en la agencia, en una especie de portorriqueño trasnochado que demostraba la calidad de élite intelectual de sus creativos. Follow up tras otro, Valdi Sicignano pronto se convirtió en l´enfant terrible de la publicidad. Tenía licencia para hacerlo todo. Se disfrazó de cigüeña para el lanzamiento de una nueva avena de Quaker; de brujo amazónico con una cerbatana que lanzaba garbanzos para el lanzamiento de All-Bran; de gigante verde para General Mills. En una presentación ante el CEO de 3M se bajó los pantalones hasta mostrar los calzoncillos. En otra, se disfrazó de mariachi y, con la impunidad que le daba el teatro, le dijo al Gerente General de Heinz lo que toda la agencia quería gritarle: eres un huevón, un patán, y un gran ass hole. El hombre se reía a carcajadas: sabía que la campaña que Valdi acababa de proponer lograría récords de ventas de salsa picante.

 

Al principio, Valdi había vivido en la agencia. No tenía dinero para alquilar algo propio, ni ningún otro lugar a donde pasar la noche y, sin decírselo a nadie, decidió convertir la oficina en su casa. Dormía en una bolsa de dormir que extendía cada noche bajo el escritorio y se bañaba -cuando lo hacía- en el baño de la señora Reyna, la encargada de la limpieza. Los fines de semana leía a Bukovski y tomaba Jack Daniels. Durante un tiempo,  tuvo un loro en su oficina. Lo había encontrado debajo de un árbol al salir de una casa de post producción en La Cuadra Creativa. Era un pichón hambriento, todavía sin emplumar, con el buche pelado y vacío. El loro se volvió una sensación en Burnett. Todos iban a ver cómo Valdi lo alimentaba con una papilla hecha a base de cereales Nestum en hojuelas. La noticia se dispersó a los cuatro vientos y hasta los clientes acudían a visitar al ave que trepaba hasta posarse sobre el respaldo de una silla o caminaba por la alfombra, balanceándose de un lado a otro, abriendo las alas a los costados, todavía sin poder volar. La señora Reyna le advirtió a Valdi que ella no limpiaría caca de loro y a él no se le ocurrió nada mejor que cubrir el piso de su oficina con los memos que enviaban los ejecutivos de cuenta. Una vez, Tumaschev le preguntó si había leído el memorándum del Banco Mercantil que le había enviado la tarde anterior. Valdi posó la mirada sobre su escritorio vacío. Se agachó y escudriñó los memos que cubrían la alfombra y que él no se había molestado en leer. 

 

-¡Aquí está! –dijo, soltando una risotada. -¡El loro se acaba de cagar en él!

Parece mentira: todo esto pasó hace apenas dos décadas, pero entonces no había Internet, los memos se mandaban en papel, no habían explotado las Torres Gemelas y Venezuela era un país con enormes diferencias sociales en el que cualquiera con algo de educación podía hacer fortuna. [ampliar]

 

Fue gracias al loro que Valdi dio con lo que sería la idea central para la campaña que lo hizo famoso. Por esa época, el Banco Mercantil acababa de instalar los primeros cajeros automáticos en el país, pero la gente seguía yendo a las sucursales y no los usaba por desconfianza. Ocurrió la tarde de un sábado. El loro pedía de comer tan seguido que Valdi estuvo a punto de ahorcarlo. [falta meter bukovski aquí y describir un poco más qué hace el loro]

-¿No te das cuenta de que lo único que tienes que hacer es abrir el pico?  

Agarró al pichón con una mano y, con la otra, lo forzó a hundir la cabeza en el plato. 

-¡Abre el pico!

Pero el loro no lo abría. 

-¡Que lo ABRAS, te digo!

En ese momento se le ocurrió la idea. Los cajeros se accionaban con una tarjeta. ¿Qué hacía la tarjeta? ¡Abrir el banco! El acróstico estaba ahí, frente a sus narices. Ignorando los llamados del loro, Valdi dejó a un lado el libro de Bukovski y se puso a escribir. Horas más tarde, cuando terminó de diseñar la campaña, el loro ya no gritaba y el plato de comida estaba vacío. 



 

-¡No he almorzado! 

 

Eso dijo Valdi dos semanas después, cuando el equipo creativo y los directores de cuenta bajaron del taxi en la Avenida Urdaneta y estaban por entrar a la Torre Mercantil para hacer la presentación de campaña ante Arturo Casado, CEO del Banco.  

-¡No hay tiempo para que te sientes a almorzar! –dijo Tumaschev.

-¿Quién dijo que me voy a sentar? Suban ustedes. En dos minutos los alcanzo. Con el estómago vacío no puedo pensar. 

Valdi caminó hasta la esquina y le compró dos aguacates a un vendedor ambulante que las llevaba en un carrito de supermercado. Se comió el primero en la calle y empezó el segundo dentro del ascensor. Cuando se abrió la puerta del piso veintisiete, se topó nada más y nada menos que con Arturo Casado que estaba, como siempre,  de traje y corbata y cara de pocos amigos. 

Valdi extendió el brazo hacia él.

-¿Quiere? –dijo, ofreciéndole lo que quedaba del aguacate, envuelto en jirones de servilleta.  

-Hace rato que te estamos esperando –dijo Casado.

A Valdi parecían caérsele los pantalones y tenía restos de aguacate alrededor de los labios. 

–Ya voy, señor Casado –dijo. -Antes tengo que hacer pipí. La palta es un diurético natural. ¿Dónde hay un baño? 

Valdi fue el último en entrar al salón de conferencias donde Tumaschev intentaba calmar a Casado que no entendía que hubiera dejado en manos de un redactor junior la presentación de la campaña para su banco. 

-Aquí estoy –dijo Valdi, ubicándose junto a la pantalla donde se proyectaría el racional de campaña y el story-board con los comerciales. –No se preocupe, señor Casado. Sé que luzco desaliñado. Xio xoxo xoxo xox. 

Las luces de la sala se apagaron. Iluminado tan sólo por el haz de luz del proyector, Valdi comenzó a hablar. “Estábamos todos equivocados,” dijo. “Pensábamos que teníamos que vender cajeros automáticos pero lo que tenemos que vender es la tarjeta. Los cajeros no tienen encanto. En cambio, la tarjeta es una varita mágica.” Valdi explicó que lo primero que debían hacer era mostrar todos los inconvenientes de ir al banco y luego presentar la tarjeta como la solución. La campaña empezaría con dos comerciales de intriga de diez segundos. El primero mostraba a un hombre que miraba el reloj y corría para llegar a tiempo al banco. En la pantalla se veía la secuencia de escenas ilustradas del comercial. El hombre llegaba justo cuando se cerraban las puertas. “Si usted tuviera la llave de su banco, no tendría que estar pendiente de los horarios,” dijo Valdi, con voz de locutor. El segundo comercial mostraba a una mujer que hacía cola dentro del banco y cada dos por tres se cambiaba hacia otra que parecía avanzar más rápido pero, justo entonces, empezaba a moverse la que ella acababa de abandonar. “Si usted tuviera la llave de su banco, no perdería tiempo haciendo cola”, dijo Valdi. 

El comercial de despeje empezaba con algunas imágenes de los  comerciales de intriga para luego mostrar al hombre y a la mujer “entrando” cómodamente al banco en horario no bancario. “Se acabó la pérdida de tiempo. Y la presión de los horarios", dijo Valdi con entusiasmo, tal como diría luego el locutor. "Ahora, el Banco Mercantil le da la llave para abrir sus puertas... ¡las veinticuatro horas del día! Si usted es cliente del Banco Mercantil, venga a buscar su tarjeta ABRA 24. Atención Bancaria Rápida y Automatizada. Depósitos en cheques. Transferencias. Consultas de saldos. Retiro en efectivo. ¡A cualquier hora! Es como tener la llave de su banco. Cajero Automático ABRA 24 del Banco Mercantil.”

La campaña fue aprobada con un silencio reverencial. Valdi había dado, como pocas veces en la historia de la publicidad local, con lo que el viejo Leo Burnett había llamado The Big Enduring Idea: una idea que resuelve, por sí misma, los próximos pasos relacionados con la marca. Además, tal como Leo siempre recomendó, había resuleto un problema a largo plazo: había creado una campaña y no meramente un comercial. ABRA 24 se convirtió en un genérico de la categoría al punto de que la gente decía: “Voy un momento al ABRA del Banco Hipotecario.” La campaña ganó los primeros premios internacionales para una marca en el país y, de la noche a la mañana, a sus veintiún años, Valdi se hizo famoso en todo el mundillo publicitario. Sus peripecias corrían de boca en boca: el loro que hacía caca sobre los memos, la anécdota del ofrecimiento de la semilla de aguacate al CEO del Banco, y el desastre cuando, buscando el interruptor de la luz del baño, cortó la electricidad de toda la Torre Mercantil. Pero él era la gallina de los huevos de oro y, con un desempeño así, todo le era perdonado. 

Valdi todavía estaba viviendo en la agencia, ganando un sueldo de principiante y sin contrato fijo cuando, poco antes de fin de año, Tumaschev le pidió que escribiera un sketch teatral para la fiesta de Navidad. Quería algo divertido, que parodiara situaciones típicas de la agencia. Durante los días siguientes, Valdi se dedicó a colarse con cualquier excusa en las oficinas de las personas que le parecían más relevantes. Se sentaba a conversar con ellos hasta descubrir las manías, tics y muletillas de cada uno. Había entrado a Burnett a prueba por seis meses y, según su desempeño, a fin de año quedaría contratado con un final feliz. 

 

La fiesta de la agencia fue en el Hotel Tamanaco y la representación teatral causó tal sensación que todos los que sabían que Valdi estaba a prueba y que a fines de diciembre se vencía el plazo, empezaron a golpear las copas con el cubierto más cercano.

 

-¡Que se quede! ¡Que se quede! ¡Que se quede!- decían a coro. 

 

Tumaschev subió al escenario, visiblemente satisfecho.  

 

-Quiero anunciar oficialmente que a partir de hoy el Sr. Valdi Sicignano pasa a formar parte oficial de Leo Burnett como empleado fijo.

 

Vivas. Hurras. Bravos. Como en el teatro después de la función, Valdi subió al escenario y recibió uno de los aplausos que más satisfacción le dió en toda su vida. Con trabajo asegurado y con un sueldo que nunca imaginó, pronto alquiló un lugar donde vivir, se llevó el loro, y dejó de dormir en la agencia. 

 

Cuando lo conocí, Valdi vivía en un anexo en la parte alta de una casa en Altamira y la campaña del Banco Mercantil ya se había convertido en leyenda. Me enamoré de él en cuanto lo vi. ¿Cómo no quererlo si nunca llevaba puestas dos medias del mismo color? Nada le quedaba del todo bien, todo se le caía. Durante un tiempo, desesperado por la perpetua caída del pantalón, probó suerte usando tirantes, pero lo obligaban a caminar con la espalda tan recta que finalmente los desechó. ¿Cómo no enamorarme la primera vez que entré a su casa y constaté el desorden reverencial en el que vivía? Había vasos sucios y platos con restos de comida petrificada por todas partes; una montaña de ollas en el fregadero; poemas escritos con marcador grueso en las paredes; medias y zapatos desparramados por doquier; ropa colgando de las ventanas para que no entrara la luz del sol. ¿Cómo no quedar hipnotizada ante los ratones blancos que anidaban entre sus medias o las cucarachas que guardaba en la nevera y que revivían cuando él las descongelaba? El anexo tenía dos habitaciones: Valdi dormía en una. La otra era "el cuarto de los animales". Tenía ocho serpientes, una boa tornasol, un ajolote, cinco escorpiones, tres escolopendras, dos tarántulas, una pecera con bagres y otra con una piraña. Tres de las serpientes eran venenosas. Le gustaba contar que una vez había estado alucinando durante dos días después de que una de ellas lo mordió. 

 

La alimentación de los animales ocupaba gran parte de su tiempo libre. Alimentaba a las culebras con las crías vivas de los ratones blancos. Las escolopendras y los escorpiones comían tenebrios; la piraña, camarones y trozos de pescado. Tenía cajas de cartón en donde alimentaba con avena a los tenebrios y una jaula vacía de la que se habían escapado los primeros ratones blancos para reproducirse en progresión geométrica y anidar entre su ropa. El cuarto de los animales era el único lugar de la casa en donde había cierto orden. En el otro, había un colchón sobre el piso que Valdi usaba para dormir, pero también para planchar su ropa: la ponía estirada bajo el colchón, simulando una postura: las camisas con los brazos a los costados, ligeramente separados del tronco; los pantalones, con las piernas abiertas. Tenía la teoría de que si la ropa se dejaba "orear" el tiempo suficiente, no era necesario lavarla. “Los calcetines pierden su hedor y, en las camisas y franelas, se extingue el olor de las axilas.” Una vez oreadas de esta manera, las planchaba bajo el colchón. Se bañaba dos veces por semana con jabón suave y, mientras el clima lo permitiera, andaba desnudo dentro de su casa para “orear” el cuerpo. Decía que había aprendido estos métodos de su abuelo, el nonno Biaggio, que le había enseñado que demasiada higiene consume la piel y que se jactaba de jamás haber usado desodorante porque le parecía que era como depilarse. [muchos "que"]

En medio del caos en el que vivía, Valdi nunca encontraba lo que fuera que estuviera buscando. "Las cosas se desmaterializan," decía. Harto de buscar un libro en los anaqueles, se daba por vencido sólo para encontrarlo cualquier otro día en el mismo lugar donde lo había dejado. Le parecía imposible haber guardado su cédula dentro del morral y no encontrarla en el preciso momento en que la necesitaba. Luego de varios intentos infructuosos, luego de vaciar el morral que ponía en evidencia ante extraños el increíble basural de su contenido, la cédula aparecía allí, varios días después, donde siempre la había dejado. [mejorar redacción de este párrafo]

“No existen dos calcetines iguales.” Su hipótesis era que las medias se comían entre sí y que las perchas se reproducían en los barrales de los armarios. Aseguraba que todos los objetos irían a parar al infierno en algún momento de su existencia. Allí se los torcería, alargaría, fundiría, fragmentaría a altísimas temperaturas. Debía existir un dolor eterno “objetual” que las cosas pudieran padecer como castigo por lo que nos hacen. Debía existir una expiación por el pecado de ser una cosa. "Todos los putos llaveros con sus putas llaves, bolígrafos, billeteras, documentos, paraguas, anteojos, el vaso de agua, la taza de café, el tenedor que precisamos y que habíamos ya dispuesto para comer pero que falta a su cita a la hora de la cena, la camisa que quería ponerme y cuya incomprensible ausencia me obliga a salir en remera... todos esos objetos tienen que ir a parar a algún lugar de fuego eterno."

Derrochaba el dinero como si fuera un recurso infinito. Plata que llegaba a sus manos, plata que desaparecía. Alimento para sus animales, propinas, revistas de historietas. Chocolatines, caramelos, bizcochos. No le gustaban las monedas: decía que le agujereaban los bolsillos y ni siquiera las recibía ia que cuando le daban un vuelto. Metía los billetes sin doblarlos, arrugados, en las bolsas de CADA o Central Madeirense que siempre llevaba con él. A los vendedores ambulantes les compraba lo que fuera que vendieran aunque no lo necesitara. A los mendigos y a los niños que hacían malabares en los semáforos les daba los billetes que tuviera encima. De diez bolívares, de veinte y hasta de cien, en la época en que con cien bolívares todavía se podía comprar mucho. Metía la mano en un bolsillo y lo que saliera, eso les daba, sin fijarse cuánto era, ni esperar las gracias. No tenía la menor idea de cuánto dinero tenía, de cuánto gastaba, de cuánto costaban las cosas. Nada le parecía caro o barato porque carecía de puntos de referencia. Ni siquiera sabía cuánto ganaba y si en la agencia pedía aumento todos los meses era simplemente porque nunca le alcanzaba lo que tenía. 

 

-¿Qué haces con el dinero? –le preguntaba Tumaschev.

 

-Lo gasto -respondía él. -¿No es para eso?

 

[Creo que aquí debería ir algo así como: "me mudé a su casa dos meses después de..." o algo que explique cómo era la relación.]

 

Estando con Valdi, aburrirse era imposible. Podía dormir veinticuatro horas seguidas, pero también podía pasar varios días sin descansar, ensayando una obra de teatro, memorizando en una semana parlamentos que otros habrían tardado meses en aprender. Le encantaba hablar del cerebro humano, de esos "ochocientos gramos, capaces de alumbrar un universo entero". Ese cerebro que, a falta de mayor espacio en la cavidad craneal, había crecido curvándose sobre sí mismo, replegándose, anudándose en las mismas circunvoluciones donde finalmente se alojaba la locura, la belleza, la maldad y, también, nuestra posibilidad de ser como dioses. Creía que era posible viajar fuera del cuerpo, creía en un alma inmortal, creía en un dios misericordioso e impío a la vez. Todos los días dedicaba una hora a la telekinesis. Se sentaba con un objeto delante de él y pasaba sesenta minutos exactos intentando moverlo. No se rendía. "Tal vez todavía necesitemos varios siglos de evolución antes de poder lograrlo," decía.  En el fondo, yo también quería creer que sería posible. 

 

Lo suyo nunca fueron las medias tintas. Tenía que ponerse objetivos inalcanzables porque los terrenales se le daban tan fácilmente que, de lo contrario, la vida le resultaba insípida. Desde el principio me di cuenta de que la misma locura, la misma excentricidad de Valdi que me enamoraba, le impediría vivir en este mundo sin hacerse daño. Me hubiera gustado construir una casa para él. Sentía que me necesitaba y que yo lo podía rescatar. Valdi había nacido para grandes cosas; no para vender cajeros automáticos o cepillos de dientes. Había nacido para mostrar que la Tierra no era el centro de nada: el centro era él. El mundo giraba alrededor de Valdi y nada podía cambiar esa ley universal. Ni siquiera el amor. Valdi era el Sol y yo acepté ser un pequeñísimo planeta que orbitaba en torno a él. ¡Y cómo me gustaban mis años de veinticuatro horas! ¡Y cómo me divertía dar la cara a ese sol impredecible! 

 

Lo amaba así, tal cual era. No me importaba su desorden generalizado, sus cambios de humor repentinos, ni le reprochaba que pasara varios días sin salir del cuarto de los animales. Él era un ser excepcional y yo me había prometido no hacer nada para domesticarlo. Él anunciaba sus planes y yo lo seguía. Había empezado a formar parte de su sistema planetario. ¿Qué más podía pedir? Jamás se me ocurrió entonces que yo era la más fuerte de los dos. Que él era una estrella fugaz, un asteroide a la deriva, una súper nova que implosionaría en el momento en que su genialidad fuera intolerable. Pero faltaban muchos años para eso y yo sólo fui testigo lejano del colapso. [en algún lugar: paralelismo con el país: también faltaban muchos años para el colapso. Nadie hubiera adivinado entonces lo que le esperaba a ese país.] Quizás si hubiera permanecido cerca, yo también estaría implosionando de un modo similar a como lo hace Azucena.




 

Azucena viene a casa todos los jueves. Ella vino a mí porque no había ninguna otra persona que la pudiera ayudar. 

 

-Yo no quise hacerte daño –dijo la primera vez, apenas le abrí la puerta.

 

Me hice a un lado para que pasara.

 

-Fue hace mucho tiempo –contesté. 

 

-Ahora me dejó también a mí –dijo.

 

Nunca pensé que desearía tanto que Azucena volviera. Que estaría contando los días que faltan para su próxima visita. Tampoco sé en qué momento sus quejas dejaron de molestarme -ese modo suyo de permanentemente culpar a Valdi, creyéndose del todo inocente- y me empecé a volver adicta a xiox oxxoxox. Tal vez fue cuando me di cuenta de que ella no exageraba más de lo que cualquier persona herida suele exagerar. Azucena no me estaba mintiendo: me estaba contando su verdad. Una verdad que al principio me costaba creer pero que, me di cuenta después, podría haberme pasado también a mí si mis decisiones hubieran sido otras. Yo podría haber sido esa mujer desesperada y ella necesitaba que yo escuchara el relato minucioso de los hechos.

 

Nunca pensé, antes de aquel primer encuentro, que nos seguiríamos viendo. Sirvo dos copas de vino tinto, cuido los panes que están en el horno, y la escucho. De vez en cuando digo algo. ¿Por qué seguí viéndola? Al principio porque quería saber más. Después... después porque empezó a inspirarme piedad. Piedad ella. Piedad su niño. Ese niño enamorado de su padre al que su padre no quería ver. Azucena venía buscando una sola cosa: que yo le diera la razón. Que le dijera que con Valdi era imposible vivir. Que Valdi se quería sólo a sí mismo. 

 

-Me dejó de tocar el día en que supo que estaba embarazada –me dijo Azucena, aquella primera noche. 

 

-¿Él quería tener un hijo? -me sorprendí.

 

Azucena no había sido de las niñas que juegan con muñecas. Tampoco de adolescente ni en su primera juventud se había visto a sí misma formando una familia, criando hijos con amor. Hacía más de tres anøs que estaban juntos y al menos uno que Valdi había dejado el anexo de Altamira para irse a vivir a casa de ella cuando Azucena empezeo a sentir, cada día con mayor urgencia, que quería tener un hijo suyo. "Me enamoré de él como si él mismo fuera un milagro,@ dijo. "Pensé que sería para siempre." Imaginaba un Valdi pequeño que recogiera insectos en el jardín, que coeccionara lagartijas, ranas y arañas en su cuarto. Los soñaba limpiando las pesceras juntos y dándoles de comer a las pirañas. Le gustaba imaginar a su hijo caminar con las puntas de los pies hacia afuera, como Valdi; vestir con ropa holgada; comer com la misma voracidad de su padre. AMaba a esa criatura que sólo existía en su imaginación. Quería darle a esa Valdi pequeño todo lo que no había tenido en la infancia el Valdi adulto del que estaba enamorada. Se imaginaba criándolo con todo el amor que él no había recibido. QUería resarcir, en el hijo. Las falencias del padre, como si eso pudiera servir para enmendar el pasado y no logró -o no quiso- suprimir ese impulso vital. Nunca se preguntó por qué no le alcanzaba con Valdi y con la vida que llevaban juntos, ni por qué necesitaba más felicidad de la que ya tenía.

 

Al principio ella no le había dicho nada. Nunca antes habían mencionado la posibilidad de tener un niño. Pero pasaban las semanas y la imagen de un Valdi pequeñito seguía acompañándola y al fin tuvo que decírselo. No podía tomar la decisión sin que él estuviera de acuerdo. 

 

-¿No estamos bien así? –había respondido él, la primera vez que ella le habló del tema. 

 

-Sí. Pero me gustaría tener un hijo.

 

-Nunca me lo habías dicho.

 

-No lo había sentido. 

 

-¿Y de pronto...?

 

-¿Te parece mal?

 

-Me desconcierta.

 

-¿Que sienta algo nuevo?

 

-¿Un hijo? ¿De la nada?

 

Cuantas más preguntas hacía él, más se empecinaba ella. Cuantas más dudas tenía él, más grande era el deseo de ella. Lo que al principio había empezado como una inquietud imprecisa, empezó a tornarse necesario. Él empezó a alejarse.  

-¿Cómo vas a ocuparte de tus jardines si quedas embarazada?

 

-¿Qué tiene que ver una cosa con la otra? El embarazo no es una enfermedad.

 

-¿Por qué ahora? ¿Por qué así, de pronto?

 

Valdi debió sentirse traicionado. Azucena nunca le había dicho que ser madre estuviera entre sus planes. Se habían conocido seis años antes durante el rodaje de un comercial, cuando Valdi y yo todavía vivíamos juntos. Azucena era diseñadora de jardines y la casa productora había elegido precisamente el suyo para un anunciar la nueva línea de productos BAYER JARDÍN. Valdi había ido al rodaje de mala gana: comparado con otros clientes de la agencia, BAYER era un cliente menor. Terminó quedándose hasta el día siguiente. Hicieron el amor esa misma noche, en la cama de ella. A mí me dijo que la filmación había tardado hasta la mañana, pero no me sorprendió: en las filmaciones solía haber imprevistos y se extendían mucho más de lo esperado. Fue sólo después de conocer a Azucena y escucharla, sólo después de haber vuelto a ver a Valdi, que pude hilvanar los retazos de esta historia.

 

A Valdi no le gustaban los perros, ni las familias, ni los niños y no hacía ningún esfuerzo por disimularlo. "Feliz día del Niño," se jactaba de haber escrito en una pared. "Firma: Herodes." Así eran muchos de sus chistes: quienes lo escuchaban no podían evitar reírse y nunca sabían si Valdi decía lo que decía sólo para divertir a los demás o si eso que decía representaba fielmente su sentir. Sin embargo, los niños lo adoraban. Cada vez que el hijo de algún empleado iba a Burnett, terminaba pasando el día en la oficina de Valdi. Él les enseñaba a morder pedacitos de papel hasta hacer bolitas ensalivadas que luego saldrían disparadas como cañonazos por una pajita de papel. Le mostraba los dibujos de Catello y les explicaba que el moto perpetuo era posible. Posaba al loro sobre sus hombros. Les contaba que tenía veinte serpientes o que había cruzado nadando el Orinoco, huyendo de un cocodrilo de cuya atroz mordida se había salvado por un pelo. Supongo que no era sólo su extravagancia lo que fascinaba a los niños, sino también esa manera suya de hablarles tan plagada de adjetivos borgeanos que desconocían pero que, al mismo tiempo, los llevaba a un mundo, a una vida, en la que todo era sorprendente. Al cabo de unas horas, Valdi quedaba extenuado. "Niño, ahora ya debes irte. Se terminó la diversión: tengo que trabajar," decía y en cuanto la criatura salía de su oficina, salía Valdi tras él "raudo y veloz" a su casa. "Mi misión de hoy está cumplida. ¡Estoy exhausto! El que me necesite deberá esperar," decía y no regresaba hasta uno o dos días después.

 

[Viene algo de la cocina, la mesa, el pan, el kefir. El presente. Azucena me hablaba de cómo Valdi había cambiado y yo imaginaba la zozobra de él mientras la veía cambiar a ella. La mujer de la que se había enamorado había cambiado de piel. Esa nueva piel era similar a la anterior y, al mismo tiempo, enteramente distinta. Él empezó a dormir dándole la espalda, en el borde de la cama, evitando rozarla. Pasó casi un año antes de que ella quedara embarazada.]

 

El maltrato verbal también había empezado por esa época. 

 

-¿Por qué tenemos que tener plantas también adentro? ¿Vivimos en una selva o en una casa? –le decía Valdi.

 

Él le preguntaba por qué no cubría el jardín con cemento. “Olvídate de las plantas,” le decía. Prefería un patio de cemento en vez del pequeño jardín al que ella dedicaba un par de horas cada día. Prefería paredes pintadas a la cal, en vez de cubiertas por jazmines y madreselvas. 

 

-¿Cómo voy a olvidarme de las plantas si las plantas son mi trabajo? –respondía Azucena.   

 

-¡Cambia de trabajo! 

 

-¿Te das cuenta de lo que estás diciendo? Es como si yo te dijera que dejaras de actuar. Hago jardines desde que me conociste. 

 

-A mí la naturaleza no me interesa en lo más mínimo. 

 

Al principio, Azucena había intentado ignorarlo. Pensaba que él no decía esas cosas en serio, que no las sentía realmente. Pero él le fue minando la confianza poco a poco y ella empezó a temerle. Trabajaba en el jardín con vergüenza. 

 

-¿Cuántas horas pasas en el jardín cada día?

 

-No sé. ¿Te molesta?

 

-Podrías dedicarte a algo más útil... 

 

-¿Actuar te parece útil?

 

-El arte no necesita ser útil para justificarse.

 

-¿Trabajar en el jardín, sí? 

 

-¿De qué sirve un jardín?

 

-¿De qué sirvió Napoleón? 

 

-¡No puedo creer lo que estás diciendo!

 

Azucena había imaginado que había una especie de alianza entre los dos. Y ahora Valdi ni siquiera le atiende el teléfono. ¿Dónde quedó el amor que se tenían? ¿A dónde fue a parar? ¿Cómo podría haber adivinado que su amor perecería y que sus cuerpos seguirían vivos habitando la Tierra?

 

-Yo cubriría de cemento todo el jardín.

 

-Yo no –respondía ella. –Pero si quieres hazlo. También es tu casa.

 

-Yo no tengo casa. No soy pequeño burgués.

 

¡Y pensar que, al principio, vivir juntos había resultado tan fácil! ¡Y recordar la ilusión que habían sentido! Ella habría querido estar con él todo el día. Acompañarlo mientras él iba por el mundo. Seguirlo a todas partes. No dejarlo nunca. 

 

-Llévame en un bolsillo -le decía. -Quiero estar donde tú estés.

 

Un hijo no formaba parte del contrato tácito que había existido entre ellos desde el principio.

 

-¿Por qué no cubres con cemento todo el jardín? ¿No sería más práctico?

 

-¿Más práctico para quién?

 

-Para ti.

 

-¿En qué sentido?

 

-Te quedaría todo el día libre.

 

-¿Qué te gustaría que hiciera durante ese tiempo?

 

-Si no estuvieras embarazada, podríamos tener sexo.

 

-¿Quién dijo que embarazada no se puede?

 

-¿Y si lo damos en adopción
 

Cuando el niño nació, no habían decidido cómo se llamaría. A ella le hubiera gustado que se llamara Valdi pero él no estaba de acuerdo. 

 

-Luis. José. Ramón. Carlos –decía. –Llámalo como se te ocurra, pero no con mi nombre. 

 

-Tu nombre no lo inventaste tú. No es tu nombre. Es un nombre. Y este niño es tu hijo. 

 

-¿Cómo puedo estar seguro de que es mío?

 

Azucena le pidió que lo fuera a inscribir en el registro civil y que le pusiera el nombre que más le gustara. Pero pasaban los días y Valdi no iba.

 

-Si no vas, es como si el niño no existiera.

 

-Eso no estaría nada mal. 

 

-Si no vas, voy a tener que ir yo. Vas a tener que quedarte cuidándolo tú y yo voy a elegir el nombre. 

 

-Ponle el nombre que te dé la gana. ¡Valdi hay uno solo! ¿Le ves futuro de Napoleón?

 

-No me interesa que sea Napoleón. ¿Cuándo vas a ir a anotar al niño?

 

-Mañana.

 

-Lo mismo dijiste ayer.

 

-¡Mujer de poca fe!

 

Azucena llegó al registro sin saber qué nombre le pondría a su hijo. 

 

-¿Cómo se llama el bebé? –preguntó la funcionaria que la atendía.

 

-Valdi –dijo Azucena.

 

-¿Con B larga?

 

Él la odiaría si le ponía su nombre.  

 

-Con V corta –dijo Azucena. Y se corrigió-: Valdemiro.

 

La mujer miró a Azucena y luego el documento de identidad de Valdi, que tenía sobre el escritorio.

 

-Pensé que me había dicho Valdi, como el padre. 

 

El padre no quiere que se llame como él, estuvo a punto de explicar Azucena. El padre dice que él es único y que su nombre le pertenece tanto como su biografía. Esa biografía en la que su hijo no debería haber nacido.  

 

-¿Valdemiro? ¿Qué nombre es ese? –dijo Valdi, cuando ella volvió.

 

-Si lo hubieras ido a inscribir tú, le habrías podido poner el nombre que quisieras.

 

-Yo no quería ponerle ningún nombre. 

 

-Por eso fui yo y le puse el nombre que quise.

 

-Valdemiro.

 

-Sí.

 

-Tu hijo se llama Valdemiro.

 

-El tuyo también.

 

-Yo no quería un hijo.

 

-Pero no te opusiste.

 

-¿En qué idioma te lo tenía que decir para que escucharas? 

 

-¿Por qué no querías?

 

-No quería: no. ¡No quiero! No quiero porque no puedo. Soy incapaz de hacerme cargo. Me molesta. No lo soporto. ¿Qué le ves? ¿Qué te hace permanecer extasiada mirándolo? No soporto ver ese ser inútil que no puede valerse por si mismo, que necesita que otro lo alimente, lo limpie, lo calme, lo duerma. Cuando nacen, las serpientes ya reptan en busca de su primera presa. 

 

-¡Tu hijo no es un reptil!

 

-¡Es un mamífero! ¿Has visto un caballo, cuando nace? Cinco minutos después está sobre sus cuatro patas. No entiendo que las mujeres quieran seguir teniendo hijos. Sobre todo tú, Azucena. Que insistas con esto. 

 

-¿Con qué? ¿Con qué estoy insistiendo? 

 

-Con que me ocupe.

 

-¡No te estoy pidiendo que te ocupes de nada!

 

-Querías que lo presentara en el Registro Civil.

 

-¡Pero lo hice yo!

 

-¡Y qué nombre maravilloso le pusiste!

 

-No estamos hablando del nombre. 

 

-¿De qué estamos hablando?

 

-Tú dices que yo insisto en que te ocupes. ¡Dime en qué insisto!

 

-Azucena, no me hagas decir lo que no quiero decir.

 

-Dilo de una vez por todas.

 

-Tú quieres que yo ame a este niño. Y yo no lo voy a amar jamás. ¿Puedes entender eso? No sólo no lo voy a amar: odio su presencia aquí en la tierra, entre nosotros.  

 

 

(1.2.)

 

Nueve meses antes, cuando Azucena lo llamó para decirle que tenía una noticia para darle, a Valdi se le había cortado la respiración. Estaba en su oficina, con la puerta cerrada, acostado sobre la alfombra intentando dormir la siesta. No quiso escuchar lo que ella estaba por decirle. No quería que esa fuera su vida. Estoy en medio de una reunión, respondió. El resto del día no pudo hacer nada. No podía pensar. No podía contestar a las preguntas que le hacían. Procuró convencerse de que tal vez estuviera equivocado: quizá la noticia no era la que él imaginaba. Postergó el regreso a casa todo lo que pudo hasta que Azucena lo llamó y le preguntó dónde estaba. Él, que odiaba caminar, hacía horas que caminaba. Se había ido de la agencia a mitad de la tarde sin despedirse de nadie. Ya era de noche. Miró alrededor y no supo a qué parte de la ciudad había llegado. 

 

-No sé.

 

-¿No sabes?

 

¿Qué otra cosa podía hacer como no fuera volver? Dentro del taxi, no paraba de murmurar: que no esté embarazada, que no esté embarazada. Dios mío, por favor, escúchame. Cuando llegó, Azucena se lo dijo con lágrimas en los ojos y Valdi, sin saber por qué lo hacía, la abrazó. 

 

-Gracias –dijo ella, sujetándose a él. –No estaba segura de cómo ibas a reaccionar.

 

Tiempo después, cuando el niño ya había nacido y Valdi y yo nos volvimos a encontrar, él me dijo que en ese momento le habían flaqueado las piernas y que si se quedó abrazándola en silencio fue porque sintió que si se soltaba se iba a desmayar.

 

No se había enamorado de ella de un día para otro. Cuando empezaron a verse, él no pensó que sería una relación duradera. No era hermosa; ni siquiera era muy femenina: tenía, más bien, el cuerpo de una adolescente aún sin desarrollar. Siempre iba de jeans, zapatillas, remeras ocres o azules, y se movía con una soltura que parecía ignorar al resto del mundo. Vista desde atrás podía parecer un chico. Desde el primer día Valdi sintió una fascinación peculiar al mirarla, sobre todo mientras ella trabajaba con sus plantas. Las atendía en silencio, con una atención concentrada que parecía borrar la existencia del resto del mundo como si, en ese momento, nada fuera más importante para ella que las frondas secas de las que despojaba a los helechos o ese sustrato fértil en el que hundía los dedos. No usaba guantes en los jardines. A diferencia de la mayoría de las personas cuando saben que están siendo filmadas, el día que se conocieron Azucena había ignorado por completo las cámaras. No sólo como si no la estuvieran filmando, sino como si nadie más estuviera allí. Eran ella y sus plantas. Plantas cuyos nombres en ese entonces Valdi desconocía pero que no había visto antes en ningún otro lugar. Helechos, hongos, musgos fosforescentes: eso se dedicaba a cultivar Azucena. Y a Valdi, que le fascinaba la quietud de sus anfibios, los ojos de oro del ajolote, la inmovilidad de la tarántula, le pareció que su fascinación por esos animales era nimia comparada con la de Azucena hacia el reino vegetal. Ella comulgaba con un mundo mucho más antiguo y despojado que él. Cuando se ocupaba de las plantas estaba tan absorta que parecía estar inventándolas. Hubo algo en la concentración de ella que lo atrajo irremediablemente. 

 

-Éramos felices –dijo. –Y de pronto se le ocurrió que quería tener un hijo. De la nada. Porque sí. 

 

Por un momento busqué las palabras para pedirle que se fuera. No lo había invitado para que me hablara de todo lo que había amado en Azucena. Pero ahí estaba él, en la misma cocina donde habíamos celebrado nuestros festines de mariscos, sentado en el mismo lugar de antes, hablándome de su vida con ella como si nunca hubiera tenido una vida conmigo.

 

-Intenté explicarle mil veces que un niño cambiaría todo para siempre. No sirvió de nada.   

 

Valdi no lo podía entender. ¿Qué haría Azucena con un hijo en el vientre? ¿Cómo podría seguir siendo la mujer de la que él se había enamorado a medida que ganara peso y su cuerpo se ensanchara? ¿Cómo podría ocuparse de los jardines que diseñaba y mantenía, cómo podría agacharse a podar plantas, hacer fuerza con la pala, trabajar a pleno sol, con un embarazo a cuestas? 

 

Algunos días después de que Azucena le dijo que estaba embarazada, Valdi llegó a la conclusión de que ella se había equivocado: creía que deseaba un hijo, pero cuando el niño llegara al mundo, se daría cuenta de que había sido un error. Era él, Valdi, quien debía hacer todo lo posible para evitar que eso sucediera. 

 

En publicidad habíamos aprendido a dejar correr libre la imaginación, espontáneamente, sin censura alguna, para hacer largas listas de alternativas de eslóganes, nombres de marcas o ideas de campaña, por descabelladas que parecieran. Ese proceso de asociación libre se llamaba brainstorming: que del cerebro naciera una tormenta. Y si acaso alguna vez fue necesaria una tormenta era entonces. En la parte de arriba de una hoja Valdi escribió: “Cómo hacer para que no llegue”. No decía quién era el que no debía llegar, ni a dónde. Se trataba de una oración con sujeto y completo circunstancial de lugar tácitos.

 

-Es la primera vez que le cuento esto a alguien –dijo. –Le agregué aspirina molida al arroz. Gotas de clonazepam a la salsa de tomate. Laxantes al café con leche de la mañana. 

 

Diuréticos, antiespasmódicos, jarabes contra la tos, somníferos. No podía quedarse de brazos cruzados. Una pérdida espontánea: era lo único que quería. ¿Acaso las mujeres no pedían libertad para abortar? ¿Y por qué el derecho a elegir era sólo de ellas? ¿Acaso él no había contribuido a la gestación de ese nuevo ser? ¿Qué importaba perder un manojo de células aún más pequeño que un grano de arena? ¿Quién podría echar de menos a un ser que aún nadie había conocido? Usaba dosis pequeñas de modo que no le hicieran daño a Azucena: apenas unas gotas, apenas un cuarto de pastilla triturada. Las disolvía en la taza de caldo. Las mezclaba con el dulce de mandarinas. 

 

-A Azucena nunca le pasó nada. 

 

Valdi, en cambio, padeció todos los síntomas del embarazo. Se quedaba dormido por las mañanas y no lograba levantarse hasta el mediodía. Todo lo que comía le caía mal. Le faltaba fuerza. Era como si alguien le hubiera robado la energía. Como si él también estuviera esperando un nacimiento. Pero no habría sabido decir de qué. ¿Dónde estaba aquello que pariría? No en su vientre, como en el caso de ella. Él estaba gestando algo en otra parte de su cuerpo. Podía sentirlo. Esos meses eran un limbo que separaban el antes y el después. Su vida nunca sería la misma. Sería el padre de eso que gestaba y cuya esencia no osaba adivinar. Sabía qué le gustaría parir: quería parirse a sí mismo en versión extrema. VALDI RELOADED. Un Valdi con una fuerza para actuar descomunal. Un Valdi que memorizara los textos de inmediato. Un Valdi actor y a la vez dramaturgo. Un Shakespeare. Un Dante. Un Molière. 

 

-¿Acaso Goethe cambió pañales alguna vez? Rousseau, el gran Jean Jacques, dejó a cada uno de sus nueve hijos en un orfanato. No le permitían concentrarse. Cuando Montesquieu y Voltaire lo visitaban hacía pasar a su mujer por su sirvienta. 

 

“No nací para ser padre”, había dicho abiertamente el autor del Emilio. A Valdi le habría gustado poder proclamarlo a los cuatro vientos. ¿Demoraría también él nueve meses en gestar? ¿Cuánto tiempo tarda en estar listo para nacer el NO PUEDO MÁS CON ESTO? ¿Cuánto tiempo tarda en juntarse coraje suficiente para decir ESTA NO ES LA VIDA QUE YO QUERÍA? Él quería ser Napoleón. El quería ser Macbeth. No el padre de un niño. No había nacido para la vida cotidiana. Había nacido para el escenario, para las grandes epopeyas, para las gestas heroicas, los discursos inflamados. ¿Pero acunar un niño en brazos? ¿Soportar el llanto de un bebé durante el día y la noche? Imaginaba la ameba, el ser acuático, el anfibio, el reptil y, por fin, el mamífero simiesco en el que se convertiría el embrión que Azucena llevaba en el vientre y empezaba a transpirar, le daba taquicardia, sentía que no le entraba aire a los pulmones.

 

-Me encerraba en el baño. Pensaba que me estaba por morir. Todos los días. De pronto. En cualquier parte. A cualquier hora.

 

El embarazo siguió adelante. No funcionaron el Rivotril, ni el Buscobrax, ni el Xanax, ni el Calmador. El niño parecía estar aferrado a la vida con los dientes. Pasadas las primeras cuatro semanas, Valdi se dio cuenta de que si de verdad quería evitar ese nacimiento debía redoblar la apuesta: en vez de esas dosis mínimas de medicamentos para humanos, tendría que probar con los pesticidas que Azucena usaba en los jardines. Podría empezar con veneno para hormigas. Ese debía ser entonces el tamaño de su hijo. Que se muera. Que se muera. Era todo lo que podía pensar. Azucena era una planta ornamental ocupada por un huésped del que había que librarse a tiempo antes de que la aniquilara por completo. Hubiera sido muy fácil esperar a que ella no estuviera en la cocina para agregar acaricida a la leche, veneno para babosas al jugo de naranja, veneno para líquenes dentro de la jarra del agua, gotas contra parásitos al litro de aceite que estaba en la alacena, emulsión contra gusanos en la botella de vinagre, aceite mineral en la salsa inglesa, polvo contra caracoles en el pote de mostaza. Nada de eso podía hacerle daño al cuerpo de cincuenta kilos de Azucena pero sí, quizás, si tenía suerte, al ser en estado larvario que la habitaba. Valdi imaginaba que agregaba veneno a la sal, a la pimienta, a la harina, al arroz. Ninguna bebida, ningún alimento de los que entraban a la casa que compartían, nada de lo que Azucena ingiriera, debería estar libre de una pequeña dosis del veneno que fuera. No era algo que Valdi quisiera hacer contra ella: él se alimentaría de las mismas cosas. No era de Azucena de quien quería librarse. Era a ella a quien quería recobrar. 

 

Nunca se atrevió a hacerlo. A las dieciséis semanas de embarazo, Azucena lucía más fuerte que nunca y la prominencia de su vientre señalaba que cualquier posibilidad de pérdida había quedado atrás. Ahora todo era futuro. ¡Adiós al silencio de las madrugadas! ¡Adiós a la quietud con que Azucena trabajaba en el jardín! Valdi no podría dormir en paz nunca más. Habría un bebé permanentemente llorando, protestando, gimiendo. Habría una presencia como ruido de fondo de sus vidas. 

 

Empezó a soñar que nacía un ser deforme. Un monstruo sin extremidades. Un crustáceo. Un niño con tres ojos o sin ninguno. Y le preguntaba a Dios: ¿Por qué a mí? ¿No dijiste que yo estaba llamado a grandes cosas? ¿No era ese mi destino en esta tierra? ¿Ahora quieres que espere con alegría a una criatura a quien no conozco y que no sé en quién se convertirá? Paladar leporino. Hidrocefalia. Espina bífida. Cualquier cosa podía suceder. 

 

El día en que nació Valdemiro, lo primero que hizo Valdi cuando lo vio en el pasillo del hospital, mientras la enfermera empujaba la cuna hacia la habitación de Azucena, fue contarle los dedos de las manos. No le bastó con mirarlas. Detuvo a la enfermera, tomó las manitas de su hijo entre las suyas y contó sus dedos, uno a uno, hasta llegar a cinco. La derecha y luego la izquierda. Que no hubiera ni uno más, ni uno menos, le pareció un milagro. Le sacó los escarpines e hizo lo mismo con los de los pies. En el derecho: uno, dos, tres, cuatro, cinco. Y también en el izquierdo. Dos ojos, una nariz, una sola boca. Dos brazos; dos piernas. ¡Respiraba! ¡No era un anfibio! Era un cachorro humano, en nada distinto a los que otras enfermeras llevaban en otras cunas por el pasillo. Valdi, que había deseado la muerte de esa criatura y luego había temido hasta el insomnio más atroz naciera deforme, ahora descubría que se había salvado. Jamás se le ocurrió que el daño podía ser invisible.


 

La oferta de volver a hacer el papel de Napoleón había llegado en el momento justo. Azucena estaba embarazada ya de cinco meses y Valdi se asfixiaba en esa casa que hasta hacía tan poco había sentido como suya. Quienes le ofrecían el papel estelar eran sus amigos de la adolescencia, sólo que ya no eran ni adolescentes, ni amateurs. Habían pasado los años y, aunque seguían siendo actores relativamente desconocidos, los dirigiría José Antonio Pinto, un director de culto con fama de excéntrico e iluminado. A Valdi la agencia ya lo aburría, la posibilidad de volver a hacer de Napoleón era tentadora y, además, le daría una buena razón para no estar en su casa. Volver a actuar era la excusa perfecta. De la agencia iría a los ensayos. De los ensayos regresaría exhausto, se quedaría dormido inmediatamente y, al día siguiente, muy temprano, iría a trabajar. Una vida como cualquier otra. Si Azucena tenía un hijo en el vientre y su trabajo en los jardines, no había razón para que él no pudiera tener el teatro y su trabajo en la agencia. 

 

Los ensayos no pudieron anunciar lo que sería el estreno. Y el estreno tampoco anticipó lo que sucedería después. Las primeras funciones fueron en un ático tan pequeño que las rodillas de los espectadores de la primera fila por poco rozaban la silla sobre la que Valdi estaba parado al principio del primer acto. Cuando empezaba la función, un haz de luz lo iluminaba. Él permanecía callado, mirando el mar a la distancia. El lugar era Santa Helena, la isla desierta en medio del Atlántico donde Napoleón vivió preso los últimos años de su vida. El escenario estaba vacío: no había ningún otro elemento de decorado además de la silla. Valdi postergaba lo más posible el momento en que debía pronunciar las primeras palabras. Su silencio, su presencia, la manera en que oteaba el horizonte, establecía entre él y el público una conexión, una emoción compartida, que sólo acababa más tarde, ya fuera del teatro. Pocas veces antes la prensa había dedicado tanto espacio a una obra que se presentaba fuera del circuito comercial.

 

Dos semanas después del estreno llamaron de la agencia. Hacía un mes que Valdi no iba. Las vacaciones se le habían terminado. 

 

-No puedo actuar y trabajar –dijo. -¿No pueden esperar a que termine la obra?

 

Sí, lo esperarían, claro. El sabía que lo esperarían. Lo que no sabía, lo que no pudo prever, fue que la obra seguiría en cartel no sólo un mes más, como estaba previsto, no sólo dos, como habían conjeturado en sus cálculos más optimistas, sino que el público seguiría llenando salas durante años. La gente ya no iba a ver una obra de teatro. Iban a ver a Napoleón resucitado. Tras la última escena, podrían haber marchado con él directamente a la guerra.

 

La primera vez que fui todavía la daban en aquel ático. Hacía años que yo no sabía nada de Valdi. Nunca antes lo había visto actuar: mientras estuvimos juntos el teatro parecía un capítulo de su pasado. Decidí ir sin pensarlo mucho, ni preguntarme por qué lo hacía. Compré la entrada en un impulso y no pensé en el asunto hasta que llegó la fecha. La sala tenía mala ventilación, el escenario lucía improvisado, las sillas eran incómodas y, en general, todo parecía tan amateur que supuse que, a pesar de los comentarios favorables de la crítica, la obra me haría sentir vergüenza ajena. Pocas veces he estado tan equivocada. Nada me había preparado para la experiencia de ver a Valdi en plena función. Cobraba potencia sobre las tablas. Ese era él, sin duda. Él, multiplicado. El público olvidaba que ahí había un actor. Era como si de verdad Napoleón estuviera frente a nosotros y, al mismo tiempo, en Santa Helena. Era como si los espectadores hubiéramos sido transportados a esa isla, en ese mar, en ese tiempo. La fuerza del personaje, su carisma, hacían que cada vez que él salía de escena la audiencia estuviera anhelando su regreso. En cierto modo, Valdi actor replicaba el hechizo que había hecho que gran parte de Europa deseara que Napoleón volviera del exilio y recuperara el Imperio. Yo estaba atada a sus palabras. Era como si Valdi hubiera crecido. Como si su vida adquiriera pleno sentido sobre el escenario.

 

Cuando decidí ir a ver la obra no había pensado acercarme a saludarlo pero quedé tan marcada por su actuación, tan conmovida por ese emperador desterrado que lo había tenido todo y que todo lo había perdido, tan asombrada de que Valdi pudiera darle semejante consistencia y verosimilitud al personaje, que a medida que pasaban los días lamenté no haberlo hecho.

 

Del ático pasaron a un pequeño teatro en La Castellana donde, en principio, se presentarían los viernes y los sábados durante tres meses. Las entradas se agotaban: todas las funciones eran a sala llena. Allí fue donde lo vi actuar la segunda vez. La obra me pareció otra: el argumento era el mismo y los actores eran los mismos pero algo importante había cambiado. El emperador había perdido la arrogancia y esto lo en convertía en un personaje sobrecogedor. Napoleón aceptaba su destino sin culpar a nadie, sin lamentarse. Era un emperador vencido que asía a los espectadores desde las primeras palabras y no los soltaba hasta el final. El público se quedaba sin defensa. Nadie se movía. Valdi los perforaba. Los hacía pasar en un instante de la desesperanza a la claridad. La fuerza de su actuación obraba como una plaga. Intoxicaba. Junto a Valdi, gracias a él, los demás actores daban lo mejor de sí: actuar con él, sentir la concentración de los espectadores que parecían respirar a través de él, repercutía en ellos como si una luz brillante los iluminara desde adentro. Para quienes formábamos la audiencia, lo que importaba no era tanto eso que se decía sobre el escenario, sino el hecho de estar ahí, en ese momento. Cada espectador sentía que formaba parte de una ceremonia irrepetible. Si al terminar la función alguien nos hubiera preguntado qué había sucedido ahí dentro, no habríamos sabido explicarlo.

 

Esperé a Valdi a la salida del teatro. En cuanto me vio, vino hacia mí y me abrazó emocionado. 

 

-¡Eres tú, eres tú! –decía. –No lo puedo creer. 

 

Se alejaba para mirarme y me volvía a abrazar. Estábamos en una de las calles transversales a la Avenida Luis Roche. La obra llevaba ya algunos meses en cartel y todavía faltaba mucho para que yo conociera a Azucena. Fue Valdi quien me habló de ella. ¿Cómo podría haber imaginado que ella me buscaría años después? Yo sólo había querido felicitarlo, pero él en seguida me contó que tenía un hijo y que su vida se había convertido en un infierno del que no sabía cómo escapar. Lo dijo sin preámbulo, ignorando mis felicitaciones y propuso que nos encontráramos un día en que no tuviera función. 

 

-¿Quieres que nos veamos en casa? –dije.

 

-Claro –contestó. –Te llamo la semana que viene. 

 

La obra se prolongó tres meses más en esa sala y se agregaron dos funciones semanales. Las entradas seguían agotándose con días de anticipación. Había noches en las que el público terminaba tan conmovido que ni siquiera aplaudía: se quedaban anonadados, en silencio, sin saber exactamente qué acababan de presenciar. Otras noches, aplaudían de pie y nadie dejaba la sala hasta que Valdi salía a saludar. Él demoraba en hacerlo: terminaba la última escena destrozado. José Antonio debía llevarlo hasta una entrada lateral del escenario y darle un pequeño envión para que saliera. Una vez ahí, Valdi hacía una reverencia y se quedaba inclinado, con la cabeza casi pegada a las rodillas y los brazos abiertos hacia los lados mostrando las palmas de las manos todo el tiempo que fuera necesario hasta que cediera esa especie de mareo, esa confusión que se apoderaba de él después de cada función. Cuando al fin levantaba el torso, el público hacía silencio. El espíritu de Napoleón había abandonado el cuerpo de Valdi y, ahora, delante de ellos no estaba más que el actor.

 

José Antonio lo llevaba de regreso a su casa. Valdi no tenía fuerza para desmaquillarse ni para cambiarse de ropa. Se acostaba vestido de Napoleón en el cuarto de los reptiles y dormía hasta el día siguiente, agotado como quien regresa de una gran batalla. Por las mañanas, se despertaba cada vez más tarde. Buscaba algo para comer en la heladera. Llevaba el plato de comida a su habitación, comía con la puerta cerrada y volvía a dormirse hasta que José Antonio lo iba a buscar al final de la tarde. 

 

-Tienes que bañarte –le decía. –La primera escena es tu coronación. No puedes salir con el uniforme de guerra.

 

Valdi no me llamó sino hasta varios meses después.

 

-No puedo más –fue lo primero que dijo, cuando entró.

 

Pensé que se refería al desgaste de la actuación. Pasó a la cocina sin siquiera darme un abrazo.  

 

-A veces pienso que voy a enloquecer sobre el escenario. Estoy hablando con Montholon y, de pronto, veo los ojos del niño mirándome. Sé que estoy actuando. Sé que hay algo que debo decirle a Montholon. Es una orden. Y es importante. Pero la he olvidado. No puedo decirla porque Montholon no es más Montholon y su silencio, mientras espera que yo hable, no es el suyo. El actor está esperando que yo diga mi parte del parlamento. Yo lo sé. Pero no puedo decirla. Desde sus ojos, es el niño, callado, el que me está mirando. Y no me mira de cualquier manera.

 

-¿Cómo te mira? –pregunté.

 

-Como si supiera.

 

-¿Cómo si supiera qué?

 

Valdi sentía que el niño lo espiaba. Que había venido al mundo para juzgarlo. Cuando Valdemiro cumplió dos semanas, todavía no había llorado ni una sola vez y Valdi, que se había preparado durante nueve meses para soportar un llanto continuo, no lograba dormir. ¿Cómo hacerlo si ahí, a pocos metros, estaba el niño, siempre callado? Valdi se había preparado para vivir sin silencio. Pero el niño no lloraba. El niño no se quejaba. Se despertaba y se quedaba en la cuna con los ojos abiertos, esperando que Azucena lo alimentara. Su presencia era una presencia concreta, ominosa. El niño le estaba haciendo eso a él. Se había dado cuenta de lo que había hecho su padre, de lo que había deseado su padre, y esta era su venganza. No lloraba para impedirle dormir. ¿Qué quería? ¡Delatarlo! Decirle a Azucena que él había intentado envenenarla. No entendía que era a él, al niño, a quien habría querido envenenar para impedir que se convirtiera en la presencia que ahora es. Esa presencia que él no soporta y que le impide dormir.  Esos ojos siempre abiertos como un dedo acusador. ¿Qué miraban? ¿Qué estaban buscando? ¿Qué querían encontrar? Esos ojos SABÍAN algo. Lo acusarían en el peor momento. Valdi se quedaba despierto esperando que el niño llorara. Cuando amanecía, estaba tan cansado que se quedaba dormido con la primera luz del alba y no se despertaba hasta bien pasado el mediodía. ¿Cómo podría hacer de Napoleón si no había dormido durante meses? 

 

-¿Qué fue lo que hice mal, Lulú? ¿De qué otra manera se lo tenía que decir? ¿En qué idioma? ¿Qué cosa tan terrible hice en comparación con lo que hizo Azucena? No me extrañaría que Napoleón haya emprendido la campaña de Egipto sólo para huir de María Luisa y su hijo. ¿O acaso te imaginas a Napoleón dándole papilla a un infante? ¿De cuántos hijos se ocupó Aquiles? ¿Y Buda? ¿Qué hizo Buda? Abandonó su casa, a su mujer y a su hijo, apenas sietes días después de que nació. ¿Alguien lo culpó? ¿Cómo lo recuerda la historia? ¿Y los cruzados? Allá iban, a la conquista del Santo Sepulcro, dejando atrás a sus madres, sus hermanas, sus mujeres, sus hijos. Un secreto bien guardado, el motivo de las cruzadas. ¡No! ¡No era el Santo Sepulcro lo que querían rescatar! Era, simplemente, un ejército de hombres decididos a irse de casa. A no escuchar más el llanto de sus hijos. A no ver más cómo los cuerpos de las mujeres que una vez amaron se deformaban para parir réplicas que no les llegaban ni a los talones. Rousseau, Beethoven, Buda, Mahoma. ¿Por qué yo no? Y para colmo el niño no llora. No llora. No habla. Parece mudo. No hace ni un solo sonido. No pide de comer. No se queja si está mojado, si tiene hambre, si tiene fiebre. ¡No se queja jamás! Lo único que hace es mirar. No dice a, no dice eee, ni oooo, ni baaa. ¡Nada! Como si no tuviera cuerdas vocales. Quizá nació sin ellas. No estaría mal. Al menos una persona que no hable sobre el planeta. Un sabio. Pero no: a Azucena no le gusta la idea de que el niño sea un sabio. En vez de alegrarse porque su hijo no llora in perpetuum día y noche como todos los bebés del mundo, ¿qué crees que se le ocurrió? ¡Que el niño está enfermo! Maravillosa idea. Y cada día lo lleva a un médico distinto. Lunes: doctor, mi hijo no habla. A los seis meses los niños no hablan, señora. Martes: doctor, mi hijo no llora. Señora, ¿sabe la suerte que tiene? Ya quisieran todas mis otras clientas que sus hijos no lloraran. Miércoles: doctor, mi hijo se despierta a la noche y se queda mirando el techo, callado. ¿Qué quiere que mire, señora? Es muy pequeño para leer Artaud. Jueves. Viernes. Sábado. Mi casa ya no es mi casa. Ya no tengo casa. No tengo mujer porque mi mujer se convirtió en madre. Mi casa es el cuarto de los animales pero cada vez que salgo de ahí me tropiezo con ella. Salgo para la cocina y ahí está Azucena. ¡Dios! ¿No era que yo vivía en Santa Helena? Voy al baño y en el pasillo me cruzo con ella. Está en todas partes. Una mujer que desconozco. El caballo de Troya. Para colmo, ya no le alcanza el tiempo para ocuparse de los jardines y pretende que yo regrese a la agencia. ¿Te das cuenta? Que deje de ser Napoleón para vender champú. Porque no nos alcanza la plata, eso dice. ¿Dónde está todo lo que gané en estos años? ¡Misterio! Y yo lo único que pido cuando no estoy durmiendo, lo primero que pienso, cuando abro los ojos, es que llegue la noche, Señor, escúchame, que llegue la noche para ir al teatro, para ser Napoleón, para vivir en una isla desierta en medio del océano. Al menos en Santa Elena me quedan los paseos por el bosque, la esperanza de recibir una carta, la escritura de mis memorias. Pero aquí, en este lugar inhóspito, sólo me queda la esperanza de la noche. 

 

Los días que no había función se le hacían insufribles. Limpiaba peceras y terrarios tras la puerta cerrada de su habitación.

 

-No nací para ser padre –dijo Valdi, al fin.

 

Su confesión me había dejado temblando. No sabía qué decir. Valdi me miró a los ojos. Era la primera vez que parecía reconocer mi presencia desde que llegó. Los 

 

–Nunca  tendría que haberte dejado –dijo, con la voz a punto de quebrársele. –Ni siquiera recuerdo por qué lo hice.  

 

Él no podía recordarlo porque nunca lo había sabido. En ese momento quizás pensó que me dejaba porque se había enamorado de Azucena, pero la verdad era otra, yo era la única que la sabía y si había querido encontrarme con él ahora no era para contársela.

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