Es muy difícil tratar de resumir la vida de una persona en momentos como este.

Pero, además, definir a Inés Aranguren es especialmente difícil.

Creo que todos podemos estar de acuerdo en que era muy vasca, re vasca, cabeza dura como su padre, mi abuelo Tata.

Nada la hacía más feliz que la tierra, y cuando digo tierra, es literal. Meter las manos ahí, sin guantes ni nada, y plantar semillas, sacar yuyos, cosechar sus zanahorias y sus tomates y mandarte fotos de eso. Le daba tanto orgullo.

También amaba la tierra del Litoral: Entre Ríos y Corrientes fueron su lugar en el mundo. Cómo le gustaba agarrar la ruta y cruzar el Paraná para irse con sus caballos, con sus perros y su gente.

A mi mamá le gustaba mucho la gente, no porque fuera amable o simpática nada más. Le gustaba hablar sobre cosas que podían parecer intrascendentes, como una receta de cocina o cómo cuidar unos plantines de alcauciles. Lo que lograba con eso era llegar a las personas, darles confianza, hacerles sentir que tenían un saber que a ella le interesaba, no importaba si no era algo académico o culturoso.

Y así como la podías ver en patas, en la galería de la chacra, pintando un mueble, te dabas vuelta y la veías organizando viajes por el mundo, para ella y para otras personas, recorriendo feliz todos los museos que podía en Europa, buceando en Bahamas o cantando gospels, a todo pulmón, en un ómnibus mientras atravesaba el estado de Alabama.

Siempre, donde sea, caía parada y se las sabía arreglar. Una vez, a Ana, mi hermana, con 4 años, le picó una víbora en el campo. Le avisé a mi vieja y, en vez de gritar o entrar en pánico, hizo un gran movimiento ninja y, con la azada que tenía en la mano, le cortó la cabeza. A la víbora, no a Ana.

Y, en medio segundo, nos subió a las cuatro al auto y, en una época sin celulares, tomó sola y rápido la decisión de manejar, no al pueblo más cercano, sino a la ciudad donde sabía que seguro habría un antídoto. El tobillo de Ana cada vez se hinchaba más. Fueron 100 eternos kilómetros a Villaguay, a 80 km por hora, que era lo que daba el autito del momento.

Pero Inés Aranguren nunca perdió la calma, por ella y por nosotras. Nos hizo cantar y jugar a un concurso de preguntas y respuestas. No dijo "no va a pasar nada", dijo "vamos a llegar", y llegamos, y Ana se salvó. Era una falsa yarará.

Mientras estoy acá con ustedes tratando de definir a mi mamá, me doy cuenta de que a ella no le interesaba definirse ni que la definieran. No estaba pendiente de ser vista o considerada de tal o cual manera. Ni siquiera en sus gustos o intereses: en una mañana en casa podías escuchar a todo volumen un chamamé, con sapucay incluido, a Julio Iglesias o La Bohème de Puccini.

Así que dejo de tratar de definirla y me quedo con una palabra, que leí en muchos de los mensajes que ustedes me mandaron: guerrera. Inés Aranguren era una guerrera que peleó muchas batallas, pero que también disfrutó de la vida, sembró y cosechó, y hoy vuelve a la tierra.

Gracias por todo, mamá.

Inés Castro Almeyra